¿Soy así o mi intestino me hace ser así?

 



No me malinterpretéis con ese título, tú eres cómo eres y yo soy como soy. Mi carácter y mi persona es el que es, y el tuyo, el que es. Fin


¿Pero puede interferir en cómo me siento o en mi personalidad mi intestino?

Sigue leyendo.

Seguro que a estas alturas habrás oído en más de una ocasión que “el intestino es el segundo cerebro” (para mí, desde hace bastante tiempo es el primero, pero no vamos a discutir sobre ello ahora mismo).

Te pongo un ejemplo muy gráfico para que acompañes la lectura:

La piel tiene un total de dos metros cuadrados mientras que el tubo digestivo llega hasta los 350 metros cuadrados aproximadamente, una pasada!! (DOS CANCHAS DE TENIS JUNTAS!)

Dentro de todo ese aparato digestivo conviven microbiota, bacterias, hongos, vellosidades, neurotransmisores y largo etc… Cada cual con su función.


Cuando el intestino se altera, puede cambiar la comunicación dentro del eje intestino-cerebro y esto puede influir en cómo nos sentimos, cómo respondemos al estrés y cómo funciona nuestro sistema nervioso.

¿Habías oído hablar de los neurotransmisores?

Si le preguntas a Google qué son te dirá: son sustancias químicas que las células del cerebro, llamadas neuronas, usan para hablar entre sí.

Y aquí viene lo interesante: algunos de ellos están íntimamente relacionados con nuestro intestino y con todo lo que ocurre dentro de él.


No significa que el intestino sea una fábrica que manda neurotransmisores directamente a tu cerebro como si tuviera servicio de mensajería 

La comunicación es bastante más compleja. Vamos a verlo.


1. SEROTONINA 

La de “estar de buen humor”... pero con bastante más trabajo del que le atribuimos.

Participa en la regulación del estado de ánimo, sueño, apetito, motilidad intestinal y otras funciones.

Y aquí hay un dato muy curioso: la mayor parte de la serotonina del organismo se encuentra fuera del cerebro, especialmente en el aparato digestivo, donde tiene funciones importantes en la motilidad y otras respuestas intestinales.

Pero ojo: serotonina intestinal ≠ serotonina cerebral.

No podemos decir simplemente “tu intestino fabrica serotonina y esa serotonina va al cerebro”. Las cosas son un pelín más complejas.



2. DOPAMINA

Motivación, recompensa, atención, movimiento...

No es simplemente “la hormona de la felicidad” —de hecho, es un neurotransmisor, no una hormona.

La microbiota puede intervenir en el metabolismo de precursores y en vías relacionadas con la dopamina, pero una cosa importante:

Que determinadas bacterias puedan producir o modificar moléculas relacionadas con la dopamina no significa que la dopamina producida en el intestino controle directamente tu estado de ánimo.

La comunicación intestino-cerebro es indirecta y utiliza varias vías.



3. GABA

El GABA es uno de los principales neurotransmisores inhibidores del sistema nervioso central.

En términos muy simplificados:

ayuda a “bajar el volumen” de la actividad neuronal.

Y algunas bacterias intestinales pueden producir GABA o intervenir en vías relacionadas con él.

Pero, de nuevo, no significa que comer determinado alimento o tener determinada bacteria vaya a aumentar automáticamente tu GABA cerebral y convertirte en una persona zen. 

La investigación sobre esta comunicación existe, pero todavía estamos entendiendo cómo se traduce en humanos.


4. GLUTAMATO 

El glutamato es uno de los principales neurotransmisores excitadores del sistema nervioso.

Es fundamental para:

 ⎐ aprendizaje

 ⎐ memoria

 ⎐ comunicación entre neuronas

Y la microbiota también puede intervenir en su metabolismo.

No queremos un cerebro permanentemente acelerado.

Ni tampoco completamente apagado.


No se trata únicamente de dónde se encuentran esos neurotransmisores (en el intestino) ni para qué sirven (tenernos más felices que unas castañuelas), sino de si llegan de manera adecuada donde tienen que llegar (a las neuronas, al cerebro).


¿Qué ocurre si el intestino no está en su mejor momento?


Cuando el ecosistema intestinal se altera, no cambia únicamente cómo hacemos la digestión.

También pueden cambiar los metabolitos que producen nuestras bacterias, el metabolismo del triptófano, determinadas señales inmunitarias y la comunicación a través del nervio vago y del eje HPA.


Y todas esas vías pueden influir en cómo se comunica el intestino con el cerebro.


¿Y eso puede afectar a cómo me siento?

Puede contribuir.


No significa que “tu ansiedad sea por tu intestino”, ni que “tu depresión se cure arreglando la microbiota”.

Pero sí sabemos que existe una relación bidireccional entre salud intestinal, estrés, microbiota y función cerebral, aunque todavía estamos intentando averiguar exactamente qué mecanismos importan más, en quién y en qué circunstancias.


Así que no.

Tu intestino no decide si eres simpática o una cabrona, tu personalidad sigue siendo tuya.


Pero dormir mal, vivir bajo estrés constante, tener molestias digestivas, una alimentación insuficiente o poco variada, inflamación o determinados problemas intestinales pueden formar parte de un contexto que influya en cómo te encuentras física y mentalmente.

Porque cuerpo y cerebro no viven en dos casas diferentes, se mandan mensajes constantemente.

Y ahí está precisamente lo fascinante del eje intestino-cerebro.


No eres lo que come tu microbiota.

Pero quizá deberíamos empezar a prestar un poquito más de atención a lo que ocurre en esa conversación.

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